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En un lugar de la lengua

Una lista incompleta de conectores discursivos

Aditivos. Expresan suma de ideas.

Noción de suma: y, además, también,asimismo, también, por añadidura, igualmente.
Matiz intensificativo: encima, es más, más aún.
Grado máximo: incluso, hasta, para colmo.
Opositivos. Expresan diferentes relaciones de contraste entre enunciados
Concesión:  con todo, a pesar de todo, aun así, ahora bien, de cuaslquier modo, al mismo tiempo.
Restricción:  pero, sin embargo, no obstante, , en cierto modo, en cierta medida hasta cierto punto, si bien, por otra parte.
Exclusión:  por el contrario, en cambio.
Causativos-Consecutivos. Expresan relaciones de causa o consecuencia entre los enunciados
Consecutivos: por tanto, por consiguiente, de ahí que, en consecuencia, así pues,  por consiguiente, por lo tanto, por eso, por lo que sigue, por esta razón, entonces, entonces resulta que, de manera que .
Causales: porque, pues, puesto que.
Comparativos. Subrayan algún tipo de semejanza entre los enunciados
Del mismo modo, igualmente, análogamente, de modo similar.
Reformulativos. Indican que un enunciado posterior reproduce total o parcialmente, bajo otra forma, lo expresado en uno o más enunciados anteriores.
Explicación: es decir, o sea, esto es, a saber, en otras palabras.
Recapitulación: en resumen, en resumidas cuentas, en suma, total, en una palabra, en otras palabras, dicho de otro modo, en breve, en síntesis.
Ejemplificación: por ejemplo, así, así como, verbigracia, por ejemplo, perticularmente,  específicamente, incidetralmente, para ilustrar.
Corrección : mejor dicho, o sea, bueno.
Ordenadores. Señalan las diferentes partes del texto
Comienzo de discurso: bueno, bien( en un registro coloquial): ante todo, para comenzar, primeramente ( en un registro más formal)
Cierre de discurso: en fin, por último, en suma, finalmente, por último, terminando, para resumir.
Transición: por otro lado, por otra parte, en otro orden de cosas, a continuación, acto seguido, después.
Digresión: por cierto, a propósito, a todo esto.
Temporales: después (de). después (que), luego, desde (que), desde (entonces), a partir de.... antes de, antes que, hasta que, en cuanto, al principio, en el comienzo, a continuación, inmediatamente, temporalmente, actualmente, finalmente, por último, cuando .
Espaciales : al lado, arriba, abajo, a la izquierda, en el medio, en el fondo.

(Fragmento de relato). El humo es denso y negro

(Fragmento de relato). El humo es denso y negro

El humo es denso y negro, como los humos que no han de servir para nada. O no. Mejor sería decir que sirven para convocarnos aquí, entorno a la imagen deformada de un hombre que compartió con nosotros distintas partes de su vida.

 

Digo nosotros porque estoy atribuyéndome el papel de relator –en este último momento de homenaje y de encuentro-. El último papel posible antes de dejar paso al recuerdo y al olvido que, de la mano, irán empañando el tiempo que nos resta a los demás, a los que ahora estamos aquí, en grupos, cabizbajos, esperando el momento dramático y ridículo en el que se entregan las cenizas a la familia, se oye el ahogo de los sollozos y se abren las puertas de los automóviles. Tan triste como ridículo, desde luego.

 

Quedan tres grupos de personas que guardan relaciones distintas con el difunto. Primero están sus coetáneos, los que llegaron a la gran ciudad para trabajar y salir de la miseria del sur; con sus legendarias maletas de madera y cartón y los restos de pan blanco envuelto en periódicos que hablaban de El Lute, del último pantano inaugurado y de las derrotas deportivas del Barcelona.

 

Un carpintero que llora, un albañil abatido y dos lampistas callados miran a la viuda y le apretan el brazo en señal de consuelo, la única señal que parte de la tristeza y quiere ser la fuerza que ya nunca podrá conseguir de quién se ha ido. Su formación protocolaria está muy lejos de ser elegante, distinguida o cuidadosa.

 

Después, y sentados en las sillas de la sala de visitas, están los familiares que se mantienen entorno a la mujer y los hijos, con actitudes distintas. Llevan, en sus gestos y expresiones, una partitura convencional sobre cómo mostrar una pena que, quizás, no sienten. El peso de la costumbre es, en estas ocasiones, un salvoconducto contra las rencillas más fétidas de cualquier familia porque todo el mundo comparte ese peso, esas costumbres y algún que otro extraño olor de incomprensión.

 

Y luego están los dispersos, amigos de los hijos, vecinas, conocidos curiosos y representantes de los trabajos de los familiares.

 

El humo sale racheado a causa del viento que llega del valle próximo. Es posible que cada uno de los presentes se esté contando su propia historia, esté acudiendo al baúl de los recuerdos para traerse lo mejor en este instante final aun cuando sabemos que en ese río caudaloso del pasado ha habido de todo.

 

Por ejemplo, yo he perdido al que recordaba mi infancia, el que sabía como lloraba al nacer y qué dolores de barriga tuve, y cómo era las primeras letras que escribí y cómo era cuándo dormía en la inocencia más absoluta. El relator de mi pasado se convierte en humo y no puedo más que consignarlo aquí.

 

En realidad, ahora que ese humo se convierte en símbolo de despedida. Nada más. Durará poco, a pesar de la intensidad del instante. La incesante condición de los hombres nos llevará a olvidar la muerte otra vez cuando volvamos a las caravanas de vehículos, a las discusiones insustanciales, a los recibos mal pagados, a la basura interminable de la televisión o a los parques cagados por los perros. Volveremos a creer en la consistencia completa de este extraño invento. Algunos más que otros, claro.

 

Los coetáneos del difunto esperan turno natural. Tienen una edad parecida y saben que en cualquier momento pueden ser el siguiente. Son, en cierto sentido, los más libres ante la cotilla ridícula de los hábitos nerviosos. Uno de ellos, el albañil que trabajó con el difunto durante casi cuarenta años, no puede más y llora como un niño que sabe que nunca más volverá a tener su tren de madera porque se ha roto. Peor, porque sabe que el tren se ha ido para siempre. Pero la certidumbre de un hombre setenta años cuando ve morir a su mejor amigo es más definitiva y demoledora. Los mocos le llenan el labio superior.

 

He dicho nosotros porque quiero creer que ese humo que se va para siempre y no será nunca nada más es la última imagen material de mi padre, quién se lleva la historia de mi infancia, sus sufrimientos cuando enfermaba o cuando no comprendía porque me dejaba en casa y se iba a trabajar, incumpliendo su promesa, te llevaré hijo, te llevaré.

 

Digo nosotros porque mi padre disfrutaba reuniéndose con amigos con los que bebía vino hasta la ebriedad, hasta el cante entreverado con el humo que les devolvía a los olivares de su tierra (los mismos olivares que no daban fruto más que para unos cuantos) y les enfrentaba con una mujer harta de esperarlo, sentada en casa, con dos ortalidones y medio botellín de agua del Carmen. Pero ahora no puedo dejar que la miseria doméstica del matrimonio se interponga en mi relato, le debo demasiado como para reducirlo a ese color mezquino que tienen las vidas ordenadas por el trabajo, la necesidad y el apego.

 

Digo nosotros porque es la expresión más humana que conozo para encontrar el consuelo estéril de las palabras.

(Microfragmento de relato) .Cuento en clave de serie negra: Hotel Cosmopolita de FRG.

(Microfragmento de relato) .Cuento en clave de serie negra: Hotel Cosmopolita de FRG.

 

Hotel Cosmopolita  

La cita era en el Hotel Cosmopolita, en una localidad costera y turística plagada de jubilados perfumados y adolescentes con ganas de gresca. Debíamos encontrarnos hacia el mediodía en el bar. Pero, como  siempre, llegué tarde. El marsellés no había llegado, sin embargo.

La chica de la recepción era la hija de la propietaria, una alemana simpática que había convertido aquel chambao de medio pelo en un hotelito para jóvenes recién casados con pretensiones modernas. Desde que recibió la indemnización por la muerte de su marido en Hamburgo no había parado hasta que encontró aquel establecimiento al borde de la ruina. Su hija estaba muy buena y tenía esa ingenuidad madura de las muchachas de diecisiete. Le sonreí al pedirle la llave y pregunté por su madre.

- No vendrá hasta después de comer. Hoy está en Girona haciendo compras y arreglándose un poco.

- Tu madre no lo necesita – le dije, pensando en ella.

      - Eso mejor que se lo diga directamente a ella – me espetó con cara de pocos amigos.

Los jóvenes son así, unos desagradecidos. Me dirigí al bar con la llave en la mano y la boca sedienta. El tipo del bar estaba más acorde con mis ciento diez centímetros de vientre y mi barba de cuatro días. Le pedí una cerveza y le pregunté si había teléfono en el hotel. Me señaló una cabina próxima a la entrada de los lavabos. Mientras marcaba las cifras del teléfono del marsellés me fijé en el cansancio que respiraban todos los movimientos del camarero; incluso noté una flojera de piernas del todo inusual.